VENTANA A LA ETERNIDAD

 

CATEQUESIS

AL COMIENZO DE LA GRAN Y SANTA CUARESMA DE 2006

+ BARTOLOMÉ

POR LA GRACIA DE DIOS ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA, LA NUEVA ROMA,

Y PATRIARCA ECUMÉNICO

A LA PLENITUD DE LA IGLESIA SEAN GRACIA Y PAZ DE CRISTO NUESTRO SALVADOR

MIENTRAS QUE DE NOS SEAN PLEGARIA, BENDICIÓN Y PERDÓN

 

 

 

Escuchemos lo que dice la Escritura a cerca del Hijo Pródigo, quien se hizo sobrio de nuevo,

y con fe imitemos su buen ejemplo de arrepentimiento.

(Ikos del domingo del Hijo Pródigo)

 

 

Amados Hermanos e Hijos en el Señor:

 

Por la gracia de Dios nos encontramos, una vez más, al dintel del periodo anual en el que usamos el libro que llamamos Triodion, o el tiempo litúrgico de la Santa Cuaresma. Durante este tiempo la Santa Iglesia Ortodoxa nos invita a todos a vivir un arrepentimiento bueno. A pesar que, de acuerdo con los Santos Padres, el arrepentimiento bueno es esencial para aquellos que son perfectos en la fe y en la virtud, sin embargo hay muchos cristianos que no saben que ellos, también, necesitan tener y vivir un arrepentimiento bueno.

 

El arrepentimiento bueno es un proceso mucho más profundo que la aceptación de nuestros pecados y el darse cuenta de que nuestros errores están relacionados con nuestra conducta, nuestras acciones. Esto es así porque el arrepentimiento bueno se refiere lo primero de todo a nuestros pensamientos y ponderaciones o reflexiones, a nuestras convicciones y nuestras emociones, que es de donde nacen nuestras acciones. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó que nuestras ponderaciones y pensamientos nos manchan de la misma manera que nuestras acciones y que el imaginar un acto malo es tan igual como su realización en el juicio de Dios. Nuestra indiferencia hacia el prójimo, nuestro encerramiento dentro de nuestro “yo”, sus deseos y necesidades, nuestro rencor hacia el comportamiento de otros, la ausencia de amor. Y, sobre todo, el odio y todos esos sentimientos que nos hacen envilecer a otros, como nuestros sentimientos de superioridad, de vanidad, ambición, lujuria y avaricia, dan una forma a la persona muy diferente a aquella otra que esté llena de amor, humildad, mansedumbre, paz y reconciliación con Dios. Por tanto, todos necesitamos un arrepentimiento bueno, es decir, una transformación o cambio en nuestro punto de vista y comprensión  que tenemos del bien y del mal, ya que todos estamos muy lejos de ser un humano ideal.

 

Frecuentemente miramos a las acciones de otros y los juzgamos como duros de corazón, porque tienen muy poco conocimiento de la verdad en cierto asunto y, a pesar de ello, se sienten seguros en sí mismos de que poseen la verdad, se creen que piensan, obran y juzgan correctamente. Deberíamos preguntarnos si los otros, quizás, también nos ven y nos juzgan a nosotros de la misma manera. Debemos examinar qué aspectos de nuestra vida necesitan modificarse, qué área de nuestro carácter hay que cambiar, qué área de nuestro entendimiento debe controlarse, rectificar y pulir. Examinándonos de esta forma, llegaríamos a concluir que tenemos muchas faltas, que somos ignorantes de nuestra propia ignorancia y de muchas cualidades espirituales. Los Santos Padres consideran pecado todo aquello de que debemos arrepentirnos, sea nuestra ignorancia, nuestra negligencia, nuestras omisiones, nuestro descuido. Esto es, todo aquello que todo el mundo está de acuerdo que no es una norma aceptable.

 

Nuestro amor por el prójimo y por Dios no es tan grande y absoluto como debería ser y, por ello, requiere cultivo. Necesitamos un buen arrepentimiento de esta deficiencia de amor y, por tanto, debemos hacer un esfuerzo para amar más al prójimo. Todavía más, necesitamos expulsar de nuestros corazones esa inclinación a juzgar a los demás, ese rencor con que condenamos a otros, nuestra actitud de superioridad, el sentido de acritud, de aborrecimiento y de inflexibilidad hacia ellos por su comportamiento ofensivo. En lugar de esto debemos perdonar, ofrecer reconciliación y oración por nuestro prójimo, incluso por aquellos que nos odian, nos oprimen y nos injurian. Debemos actuar de una forma que sea beneficiosa para nuestro prójimo. Si nos examinamos a nosotros mismos para ver cuánto ha tomado raíz en nuestro corazón la disposición para perdonar y amar, notaríamos, de seguro, que tenemos mucho que arrepentirnos por nuestra inadecuada amabilidad y por la necesidad de purificar el interior de nosotros mismos de pensamientos y sentimientos que distan mucho  de ser cristianos.

 

Cristo acepta nuestro buen arrepentimiento y nos ayuda a recobrarnos espiritualmente. Hay gran regocijo en los cielos por el pecador que se arrepiente. Ese gran regocijo –que es libertad y liberación- penetra toda la vida del cristiano que se arrepiente bien de todo lo que él es,  anhelando crecer en el amor de Dios y del prójimo. En cambio el alma, que permanece en animosidad, odio y toda aquella actitud de falta de amor por Dios y el prójimo, se percibe y se siente miserable y afligida. Tal alma causa dolor, no solo a su prójimo sino también así misma, así misma mucho más que a los otros seres humanos. Y esto es porque los otros que son heridos e injuriados pueden ser confortados; ellos pueden confrontar el dolor y transformarlo en oración y paz del corazón. Pero el que mata, odia, desprecia, sin ningún buen arrepentimiento de sus pasiones, sufre un tormento interior que reproduce esas pasiones.

 

Sin embargo la persona que no cultiva desamor, pero permanece indiferente a Dios y al prójimo y se encierra en sí misma, tarde o temprano, se encuentra confrontada por el temor a la muerte, la pérdida del sentido de la vida,  desesperanza y una mala manera de arrepentimiento del vivir. Esto es, arrepentimiento sin esperanza porque la persona, con toda seguridad, se verá cara a cara con la verdad y entonces tendrá que cambiar su manera de pensar. En otras palabras, ella se confrontará con el arrepentimiento como realidad –muy diferente, en verdad, con la manera de percibir hasta ese momento la realidad. Si la persona estaba preparada para un arrepentimiento bueno, llena de esperanza en Dios, habiendo andado por el camino que lleva al Padre, ella se sorprenderá al contemplar la verdadera realidad que se le presenta, pues acostumbrada al arrepentimiento bueno, el ardor de él desechará toda duda y la llevará al seno del Padre, como sucedió al Hijo Pródigo, y disfrutará su amor, de acuerdo con la ansiedad de su alma. Si por el contrario no ha andado por el camino del buen arrepentimiento en su vida, la persona desesperará de la nueva realidad para la que no ha hecho ninguna preparación, y volverá la espalda al Padre, siendo oprimida por ella misma por aquel amor que antes había rechazado. El mundo tristemente está lleno de gente desilusionada y sin esperanza, quienes no quieren tomar un paso adelante hacia el Padre, a pesar que El les espera con los brazos abiertos.

 

El arrepentimiento es inevitable a toda persona humana. Cuando cada persona se encuentra cara a cara con la verdad –y tiempo vendrá, sin ninguna duda, a cada uno de nosotros cuando esto llegará. Entonces esa persona se dará cuenta de lo lejana que estaba de la verdad. Ella verá que pasó, por la vida, lejos de la verdad de la vida, entonces...¿cómo se arrepentirá? Bendito es el que, lleno de esperanza, se arrepiente con el arrepentimiento bueno del Hijo Pródigo, Desgraciado el hombre que, sin esperanza, se arrepiente con el arrepentimiento de Judas, quien admitió que había pecado vendiendo la sangre inocente, pero no pidió perdón ni lloró amargamente, sino que fue y se ahorcó él mismo.

 

Escuchemos las palabras de la Santa Escritura, padres y hermanos míos, a cerca del Hijo Pródigo, e imitemos su arrepentimiento bueno. Amén.

 

Santa y Gran Cuaresma de 2006.

+ Bartolomé, Arzobispo de Constantinopla, intercesor ferviente por todos vosotros.Ecumenical Patriarchate

Traducción © del Protopresbítero Kyrillos Leret'Aldir.

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